—Bueno, hombre, bueno; chille usted lo que quiera.

—A mí no me dices tú eso, porque te ando en la cara—gritó el Tabuenca.

—¿Usted a mí?—replicó riéndose Roberto—; y añadió dirigiéndose a Manuel—: Me hacen la santísima los hombres sin nariz, y a este tío chato le voy a dar un disgusto.

Se retiró el Tabuenca, decidido, y salió al poco rato con un bastón de estoque, que desenvainó; Roberto buscó por todas partes algo para defenderse, y encontró una vara de un carretero; el Tabuenca tiró una estocada a Roberto, y éste la paró con la vara; volvió a tirarle otra estocada, y Roberto, al pararla, rompió el farol del portal y quedaron a obscuras. Roberto comenzó a hacer molinetes con su vara, y debió de dar una vez a el Tabuenca en algún sitio delicado, porque el hombre empezó a gritar horriblemente:

—¡Asesinos! ¡Asesinos!

En esto se presentaron unas cuantas personas en el zaguán, y entre ellas un arriero gordo, con un candil en la mano.

—¿Qué pasa?—preguntó.

—Estos asesinos, que me quieren matar—gritó el Tabuenca.

—No hay nada de eso—repuso Roberto con voz tranquila—, sino que hemos venido a preguntarle una cosa a este tío, y, sin saber por qué, ha empezado a gritar y a insultarme.