Fueron los dos al mesón, colocado en un paseo a aquellas horas desierto. Era una casa grande, con un zaguán a estilo de pueblo y un patio lleno de carros. Preguntaron a un muchacho. El Tabuenca acababa de llegar—les dijo—. Entraron en el zaguán, iluminado por un farol. Allí había un hombre.

—¿Vive aquí uno a quien llaman el Tabuenca?—preguntó Roberto.

—Sí. ¿Qué hay?—dijo el hombre.

—Pues que quisiera hablarle.

—Puede usté hablar, porque el Tabuenca soy yo.

Al volverse éste, la luz del farol de petróleo, colgado en la pared, le dió en la cara, y Roberto y Manuel le miraron con extrañeza. Era un tipo apergaminado, amarillento; tenía una nariz absurda, una nariz arrancada de cuajo y substituída por una bolita de carne. Parecía que miraba al mismo tiempo con los ojos y con los dos agujeros de la nariz. Estaba afeitado, vestido decentemente y con una boina de visera verde.

El hombre oyó con displicencia lo que le indicó Roberto; después encendió un cigarro y tiró lejos el fósforo. A causa, sin duda, de la exigüidad de su órgano nasal, se veía en la necesidad de tapar con los dedos las ventanas de la nariz para poder fumar.

Roberto creyó que el hombre no había entendido su pregunta, y la repitió dos veces. El Tabuenca no hizo caso; pero, de repente, presa de la mayor indignación, tiró el cigarro con furia y empezó a blasfemar con una voz gangosa, una voz de gaviota, y a decir que no comprendía por qué le molestaban con cosas que a él no le importaban nada.

—No chille usted tanto—le dijo Roberto, molestado con aquella algarabía—; van a creer que hemos venido a asesinarle a usted, lo menos.

—Chillo, porque me da la gana.