—No; era la Quinta de Goya—contestó su hija.
—¡Pues, señor!... Espere usted un poco, joven...; espere usted.
—¿No será el Tabuenca el que vive allá, padre?—interrumpió la Encarna.
—Ese es; ese mismo. El Tabuenca. Vaya usted a verle. Dígale usted—añadió el señor Zurro, dirigiéndose a Roberto—que va de mi parte. Es un tío de mal genio, muy cascarrabias.
Se despidió Roberto del ropavejero y de su hija, y salió con Manuel a la galería de la casa.
—¿Y dónde está el mesón del Cuco?—preguntó.
—Por ahí, por las Yeserías—le dijo Manuel.
—Acompáñame; luego cenaremos juntos—dijo Roberto.
—Bueno.