—Muy bien.

—Es muy amigo mío—siguió diciendo el Zurro. ¡Vaya! Ya lo creo. Pero usted me dirá lo que desea, señorito. Para mí basta que venga usted de parte de don Telmo, para que yo haga lo que pueda por servirle.

—Lo que yo deseo es informarme del paradero de una muchacha volatinera que vivió hace cinco o seis años en una posada de estos barrios, en el mesón del Cuco.

—¿Y usted sabe cómo se llamaba la muchacha?

—Sí.

—¿Y dice usted que vivió en el mesón del Cuco?

—Sí, señor.

—Yo conozco alguno que vive ahí—murmuró el ropavejero.

—Sí; es verdad—repuso la Encarna.

—Aquel hombre de los monos, ¿no vivía allá?—preguntó el señor Zurro.