—Sí; aquí al lado vive.

—Ya lo sé; quisiera hablarle.

—Pues llame usted, porque debe estar.

—Acompáñame tú.

Llamó Manuel, les abrió la Encarna y pasaron adentro. El señor Zurro leía un periódico a la luz de un velón en su cuarto, un verdadero almacén repleto de bargueños viejos, arcas apolilladas, relojes de chimenea y otra porción de cosas. Se ahogaba allí cualquiera; no se podía respirar ni dar un paso sin tropezar con algo.

—¿Es usted el señor Zurro?—preguntó Roberto.

—Sí.

—Yo venía de parte de don Telmo.

—¡De don Telmo!—repitió el viejo, levantándose y ofreciendo una silla al estudiante—. Siéntese usted. ¿Cómo está ese buen señor?