—Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora mismo. Vamos.
Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió á la puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo y no quería que se le despertase.
—Soy amigo suyo—replicó Roberto—; yo le despertaré.
Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en donde olía á yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.
—¡Sandoval!
—¿Qué hay? ¿Qué sucede?—gritó una voz fuerte.
—Soy yo; Roberto.
Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.
Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba negra.
—¿Qué hora es?—dijo desperezándose.