—Las diez.

—¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.

Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha pintada, con aire de mal humor.

—Anda, tráeme la ropa—la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse los brazos.

—¿A qué venías?—preguntó.

—Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la redacción, te traigo éste.

—Pues, hombre, tengo ya otro.

—Entonces nada.

—Pero en la imprenta creo que necesitan.

—A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.