Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto, porque suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña.

Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo:

—¿Por qué pegan ustedes así á la chica?

—¿Te importa algo?

—Claro que me importa.

—¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.

—Así debía haber hecho su madre con usted—le contestó—quitarla de en medio á palos por bruja.

Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta.

Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel:

—¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh?