—Le he dicho que no debía pegar á su hija.
—Y á ti, ¿quién te mete á decir nada?
El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.
Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa pronto.
En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones; una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres como cabras.
La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima á la de Manuel, y esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más sus relaciones de amistad.
Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con una frecuencia lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una pobre enclenque, torcida y escrofulosa, á quien todos le decían, implacablemente, la Fea.
A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los dos á la imprenta:
—¿No sabes? Mi hermana está preñada.
—¿Sí?