La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una ó dos mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.

Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa con una túnica obscura y una gorra, á su mujer Mesoda y á una niña de ojos negros llamada Aisa.

Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración en judío, y comenzaron á comer.

La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á Manuel le pareció que mascaba flores.

En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda la familia, contó á Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su narración Prim, el señor Juan Prim—como decía él—tomaba proporciones épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se ruborizaba por cualquier cosa.

Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de aquellos instrumentos primitivos.

Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando en cuando.

Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el Parador se encontró en el pasillo que conducía á su cuarto con un grupo de comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.

La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida asistiendo enfermos.

—¿Pero qué ha hecho Jesús?—preguntó Manuel al oir los dicterios de las mujeres contra el cajista.