Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.

El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó un sin fin de miserias y dolores.

La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.

Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir ó arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los compusiera.

Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las sobras de su comida.

—¡Moler con la generosidad de la carnicera!—dijo el albañil, que escuchaba la narración de la vecina.

—También la gente del pueblo—repuso Jesús en broma, recordando una frase de zarzuela—tiene su corazoncito.

Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del cuarto.

—Ya es feliz esta mujer—murmuró Jesús irónicamente—; tenía que morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?

El albañil murmuró: