—Me parece.
El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.
Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro, una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un chico de dos ó tres años.
—Yo quisiera que usías—dijo la vieja—la metieran á esta chica en un asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida, murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que la llevaran á un asilo.
La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y agarró de la mano al chico.
—Esta niña—dijo el secretario, el de los papeles—, tiene por su hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no sería cruel separarlos.
—Estaría mejor en un asilo—añadió la vieja.
—Ya veremos, ya veremos—replicó el señor anciano—. Se fueron los tres.
—¿Cómo te llamas tú?—le preguntó Jesús á la chica.
—¿Yo? Salvadora.