—¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico?
—Sí—contestó sin vacilar la niña.
—Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta—dijo Jesús como para dar una explicación de su rasgo—. Si no la van á separar de su crío y es una barbaridad.
La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:
—¿No me conoces?—le preguntó, encarándose con él.
—Sí, hombre... El Aristón.
—El mismo.
—¿Vives aquí?
—Ahí en el Corral.
El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas fúnebres.