Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los muertos.

En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.

Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.

—¿A dónde me llevas?—le preguntó Manuel.

—Si quieres venir, verás un muerto.

—¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto?

—Voy á velarle y á rezar por él—dijo el Aristón.

En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había un hombre muerto, tendido sobre un jergón...

De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito:

«Ande, ande, ande
la marimorena;
ande, ande, ande,
que es la Nochebuena.»