—¿No me han hecho desgraciada á mí?

Esther se hallaba presa de una gran excitación.

—¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?—le preguntó Roberto.

—Sí, creo que sí.

—Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?

—¡Sí!

—Es mi prima.

—¿Su prima de usted?

—Sí. Le advierto á usted que es muy violenta.

—Lo sé.