Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.

—La chica esta no nos va á dejar vivir—decía Jesús.

La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez más sombrío y más tétrico.

Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la imprenta, Jesús le preguntó á Manuel:

—Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?

—¡Pse!

—¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?

—¿Y qué le vas á hacer?

—Cualquier cosa preferiría yo á esto.

—¡Si estuvieras solo como yo!