Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.
Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo del esplendor de la vida pasada.
La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid.
—Antes se estaba bien en este Asilo—explicaba el viejo á Jesús—; había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el mundo se le daba una sopa.
—Sí, una sopa de agua—replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y tostado por el sol.
—Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro de lo triste, era cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto, escribía á su mujer dándole esperanzas.