El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él á un asilo.—No llevo al asilo sino á los que piden limosna—le dijo el guardia.—Yo voy á pedir limosna—le contestó él con humildad—puede usted llevarme.—No, pida usted limosna y entonces le cogeré.

Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las Delicias.

—Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada—dijo el de los anteojos—; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.

—Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?—preguntó la persona decente.

—Echarlo fuera de Madrid.

—Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?—dijo Jesús.

—La mar—contestó el viejo—, por todas partes. Ahora, que en el invierno se tiene frío.

—Yo he vivido—añadió el mendigo joven—más de medio año en Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y después tapábamos el agujero con pez.

—¿Y por qué se fueron ustedes de allí?—preguntó Manuel.

—La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...