—¿Y usted ha andado mucho por ahí?

—Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.

El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, indicó á Jesús los rincones que había en las afueras.

—Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta primavera.

Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido.

—Te daré dinero—murmuraba uno entre dientes.

—Suelta, que me ahogas.

El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se irguió bramando de coraje.

—Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra—gritó.

Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de bruces.