Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba que no se culpara á nadie de su muerte.
Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.
Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:
—¿Vamos á recoger eso?
—Espera que se vayan todos.
Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas y el reloj.
—La sortija creo que es buena—dijo—. ¿Cómo lo averiguaremos?
—En una platería.
—Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te lleven á la cárcel.
—Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj—dijo Manuel.