—También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos Calatrava, un amigo mío á quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de huéspedes de la calle de Embajadores.

Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el tal Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la planta baja de la casa.

—¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo—dijo el tabernero—. ¿Sabe usted dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en la calle Mayor.

Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de aquellas sortijas y del reloj podían comer todo lo que se les antojara y que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban á la taberna á preguntar si había llegado ya el cojo.

Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y los tres pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El repatriado contó el caso á Calatrava.

—Ahora mismo viene mi secretario—dijo Marcos—, y él lo arreglará. Mientras tanto, pedid de cenar.

—Pide tú—dijo el repatriado á Manuel.

Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la taberna dijo que la cena tardaría algo.

Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso á observar á este último.

Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi ridículo; tenía una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos ó tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna natural que en la de madera; una chaquetilla corta más obscura que el pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.