Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero hongo y un pañuelo de seda en el cuello.
—¡Vidal!—exclamó Manuel al verle—; ¿eres tú?
—Sí, chico. ¿Qué haces aquí?
—¿Le conoces á éste?—preguntó Calatrava á Vidal.
Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado.
—Ahora mismo—contestó Vidal—; no tardo diez minutos.
Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; á Manuel le tocaron cinco duros.
—Mira—le dijo Calatrava á Vidal—. Tú y tu primo os quedáis á cenar aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos á otro lado, que también tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale á tu primo á dormir á tu casa.
Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.