—No.

—Entonces vamos á Romea.

—¿Qué hay allá?

—Baile y mujeres guapas.

—Vamos, sí.

Salieron del café y subieron la calle de Carretas.

Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.

El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de humo; con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la manera más sosa que puede imaginarse entre las interrupciones y los gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó á las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió media palabra, y cuyo estribillo era:

Pauvre petit chat, petit chat.

Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta dar con él en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió á levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango, todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo que enloquecía á todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir á todo el teatro.