—Van.

—Oye—añadió Vidal—, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.

Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que Manuel no conocía, y éste estuvo callado.

—Vamos á tomar café arriba—dijo Vidal.

Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas de verde.

Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.

Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con dos escotaduras, una frente á otra, en los lados largos; hacia el patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos croupiers y el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas sobre el tapete verde.

Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:

—Hagan juego, señores.

Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las cartas entre los dedos del croupier.