—Esto parece una iglesia, ¿verdad?—murmuró Vidal—. Como dice un señor que viene aquí, el juego es la única religión que queda.
Tomaron café y una copa.
—¿Tienes cigarros?—preguntó Vidal.
—No.
—Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.
—¿Se podrá saber cómo se llama?
—Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa.
Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca. Después se entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.
Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de fichas y las ponían sobre el tapete. El croupier echaba las cartas francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto.
Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban sentados y jugaban fuerte.