Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, llenos de barro.

En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo echado hacia adelante conteniendo la respiración.

Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de Lisboa.

Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del juego.

—Bueno; eso en seguida lo aprendes—le dijo el otro—. Además, los primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes jugar.

—Muy bien, ¿y el dinero?

—Toma para mañana. Cincuenta duros.

—¿Son buenos?

—Enséñaselos á cualquiera.

—De modo que es una combina como la del Pastiri.