—Igual.

La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á Vidal.

Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en una oficina y le despacharon.

—Te han rebajado—le advirtió Vidal.

—Bueno—contestó alegremente Manuel—; me alegro de no ser soldado.

Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha gente empleada allá; varios croupiers muy atildados con las manos limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros que vigilaban á los que entraban y á los ganchos.

Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado y empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.

Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su conciencia.

CAPÍTULO II
El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro.—Confidencias.