Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con ella, y Manuel se acercó á su primo.

—¿Qué hablabas con ese?—le preguntó Vidal al verle.

—Nada, de cosas indiferentes.

—Te advierto que es uno de la policía.

—¿Sí?

—Ya lo creo.

—Pues lo he visto en el Círculo.

—Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.

Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.

—Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta—le dijo el policía.