—¿Sí, eh?
—Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se meta usted con él, porque ese es capaz de todo.
—¿Tan fiero es?
—Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina.
El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran in fraganti, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas. Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué á ver á la superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta para el prior de un convento de Burgos.
Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien, hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse á Filipinas.
Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo, trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el Hospital militar de Manila.
Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital, medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á España.
En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya sin porvenir y con un retiro ridículo.
Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras.