Al último—concluyó diciendo el Garro—, se encontró con el Maestro que se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos garitos; el caso es que lo tienen.

—¿Hay más de un Círculo de éstos?—preguntó Manuel.

—Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa?

—No.

—Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina, va á abrir un salón.

—Esa Coronela, ¿es cubana?—preguntó Manuel.

—Sí.

—La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote.

El policía miró con cierta reserva á Manuel.

—Puede usted decir—le dijo—que conoce usted lo peorcito de Madrid. Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final, se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.