Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la espalda, y trató de salir.
—¿Por qué quieres marcharte?—preguntó Vidal.
La muchacha nada replicó.
—Bueno, vamos—dijo Calatrava.
Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla.
En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel estuvieron callados.
La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo de la vida.
Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un cuarto del café Habanero.
Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros, menos la Justa, que calló.
Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la vida irregular que llevaban.