—Ahora va uno á casa—murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre—, arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.
Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos.
—Voy á enterarme quién es ella—le dijo á Manuel—. Hasta mañana.
—Adiós.
CAPÍTULO III
La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La inauguración del Salón París.
Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.
Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas é irían con ellas á los Viveros.
Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava, Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava.
—Esperaremos que venga otra—dijo Vidal.