—Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia.
—¡Pobre hombre!
—¡Idiota!
—Si eres más pesado que un artículo tuyo—gritó el de las patillas—; y todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los coges de cualquier parte...
La palidez del de las barbas hizo callar á su contrincante, y siguieron los tres hablando en tono tranquilo.
De pronto el viejo se puso á chillar.
—Pues no será una persona decente—decía.
—¿Por qué no?—replicaba la mujer.
—Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre, porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana.
Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus tres acompañantes.