—Es terrible—exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y vaciándolo—; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie?

—A nadie, á nadie.

—Si te digo que es fría como el mármol—repitió el hombre con facha de peluquero—. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella! Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se dice:—¿Mañana estás libre á tal hora?—Sí.—Pues mañana nos veremos.

—Como quien avisa á un afinador de pianos—repuso el de la barba, encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos—. Es terrible—añadió, y después con un arrebato de ira, golpeó la mesa con el puño é hizo tambalearse los vasos.

—¿Qué te pasa?—preguntó el viejo.

—Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.

—Bah, yo creo que te sientes borracho—interrumpió el de las patillas.

—San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los negocios...

—Si tú eres más burgués que yo.

El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado; luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo: