—Yo no.

—Es una mujer indiferente—interrumpió el de las patillas—no comprende esas cosas de cariño.

—Bah, no lo creo.

—Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta—murmuró el viejo con voz aguardentosa.

—¿Y tu mujer?—preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un momento.

El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas siguió preguntando á la muchacha.

—¿Pero tú no has querido á nadie?

—Yo no; ¿para qué?

—Si te digo que es fría como el mármol—murmuró el de facha de peluquero.

—Cuando le conocí á éste—añadió ella riéndose y señalando al de las patillas—tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves, ninguno notó nada.