—Calla, que viene gente—advirtió Vidal.

Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la taberna.

Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el aspecto del joven decrépito.

La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño que encuadraba su rostro y caía sobre el pecho.

En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía nerviosamente los labios.

Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba con gran descoco.

Manuel y Vidal se pusieron á escuchar.

—¿De veras eres partidaria del amor libre?—decía el de las barbas.

—Sí.

—¿No quisieras casarte?