—Sería curioso saber lo que hace.

—No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de un juego de bolos de los Cuatro Caminos:—Vamos á ver lo que hace este punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día siguiente el Cojo me dijo:—No vuelvas donde estuviste ayer, si no quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he vuelto.

Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como quien oye un cuento.

—¿Y la Coronela?—le preguntó.

—Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una tía sucia y mala.

—Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.

—¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está haciendo con el hijo es todavía peor.

—¿Pues qué hace?

—Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.

—¡Cristo!—murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa—. Eso es demasiado. Hay que denunciar eso.