—¿Tienes la llave de la casa?—dijo.

—No.

—Y entonces, ¿cómo voy á salir?

—Tendremos que llamar al sereno.

Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada. Esperaron á que se viera el farolillo del sereno.

La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle. Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad hacia la alcoba.

Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo, pero en seguida hacían las paces.

Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés, colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.

Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en la casa y al subir las escaleras sola sentía un miedo y un remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la conciencia.

Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío.