Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, como una cosa providencial.

Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias, Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.

—Aplaudirán ustedes, ¿eh?—preguntó la Coronela.

—Descuide usted—dijo Calatrava—y al que no le guste, mire usted qué argumento le traigo—y mostró su garrote.

Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la enhorabuena al padre de la Chuchita.

Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente. Entraron todos en la alcoba.

—Que sea enhorabuena, mi coronel.

El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna que aquello significaba.

—¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?—preguntaba el padre desde su cama.

—Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.