—Y tú, ¿por qué...?

—Yo para comer.

—Pues ellos también para comer.

La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia. Había ido con la hija de la portera de su casa.

Allí estaba el patíbulo,—y señaló el centro de una tapia frente á la capilla—. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan raida sobre el palo.

Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga.

Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.

—Estas cosas me matan—dijo poniéndose una mano sobre el corazón.

—¿Para qué has querido venir?—le preguntó Manuel.—¿Quieres que volvamos?

—No, no.