Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se detuvo el escuadrón frente á la cárcel.
—A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte—decía un vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía parecer en extremo desagradable.
—Hacia San Bernardino es donde lo fusilan—anunció un golfo.
Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació despejado era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.
—Bajad las cabezas—decían los del público, los que estaban atrás—, que veamos todos.
Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los fusiles apuntaron.
—Bajad las cabezas—gritaron otra vez con acento irritado los que se hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
—Es el golpe de gracia—murmuró Vidal.
Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra detonación.