—Ahora vamos á casa á dormir un rato.
Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al merendero; todavía no había llegado nadie.
Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos.
—¿Quieres?—le dijo á Manuel.
—No; se me meten en las muelas.
—Pues yo tampoco—y los tiró al suelo.
—¿A qué los compras para tirarlos?
—Me da la gana.
—Bueno, haz lo que quieras.
Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa, impacientada, se levantó.