—Me voy á casa—dijo.
—Yo voy á esperar—replicó Manuel—.
—Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.
Manuel se encogió de hombros.
—Y que te den morcilla.
—Gracias.
La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una guitarra.
Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.
Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa, comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo retintín y recalcando la palabra.
—Estos pericos...