—¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?—se preguntó.
Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le ponía por delante.
Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le embargara.
Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del Espartero con un gran sentimiento, después tarareó el de La Tempranica con mucha gracia, cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, cantaba:
¡Ze coman los mengues
mardita la araña
que tié en la barriga
pintá una guitarra!
Bailando ze cura
tan jondo doló...
¡Ay!, malhaya la araña
que á mí me picó.
Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...
Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:
«Pinté á Matansa confusa,
la playa de Viyamá,
y no he podío pintá
el nido de la lechusa;
yo pinté po donde crusa
un beyo ferrocarrí,
un machete y un fusí
y una lancha cañonera,
y no pinté la bandera
po la que voy á morí.»
No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...