Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se llenaba de llamas.
Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.
Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.
Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, llegaba el rasguear lejano de una guitarra.
Vidal salió del cobertizo.
Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.
—¿Ha sido Vidal?—preguntó la Flora.
—No sé—dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.
Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces, en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la otra orilla y desapareció.