Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él. Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras. Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el pecho sobre el corazón.
—Está muerto—dijo tranquilamente.
Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la misma posición. Volvieron al merendero.
—¡Hala!, vamos—dijo Marcos.
—¿Y Vidal?—preguntó la Flora.
—Ha espichado.
La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del brazo y la hizo enmudecer.
—Vaya... ahuecando—dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la guitarra y salieron todos del merendero.
Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata.