—Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar café conmigo, pero...
—Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.
Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:
—Llévese usted un banco de estos para dormir.
Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.
El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como ellos también se refugia en las ruinas.
Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.
Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan: una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta...
Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia:
—Manuel Alcázar.