—¿Y la marquesa?

—Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su querido era Ricardo Salazar.

—¿El ex diputado?

—Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo Ricardo Salazar.

—¿Del amante?

—Sí.

—¡Vaya un caballero!

—Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...

—¿Al descubrirse el enredo de la carta?

—No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus socios.