Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del Manzanares.

En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, buscando grillos.

Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban la China; el guardia interrogó á un hortelano. No conocía al Bizco.

Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar. Iba anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre del remate de algún edificio centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos blancos el horizonte lejano.

Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una ojeada por allá.

—Cena conmigo—dijo Ortiz—, y por la noche volveremos á la cacería. Hemos de registrar todo Madrid.

Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de la calle del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos á otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.

—¿Qué quiere usted?—preguntó éste escamado.

—Preguntarte una cosa.

—Usted dirá.