—Este es el Tejar de Mata pobres—dijo Ortiz.

En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos, amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco. Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado apareció otro, sobre un altozano, constituído por casuchas con sus corrales.

—El barrio de los Hojalateros; así se llama esto—indicó Ortiz.

Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza limitada por vallas de latas viejas roñosas, extendidas y clavadas en postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja; las gallinas picoteaban en el suelo.

Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un carro.

—Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un muchacho que se llama el Bizco?; uno rojo, feo...

—¿Acaso es usted de la policía?—preguntó el hombre.

—No; no, señor.

—Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco á ese bizco—y el hombre volvió la espalda.

—Aquí hay que andar con ojo—murmuró Ortiz—, porque si se enteran á lo que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.